Aquí vienen las mentiras

Drones-HereComeTheLies

El plan es caminar en línea recta mientras dure el disco. El disco se llama Here come the lies y es el debut de los australianos The Drones. El plan es caminar por la Avenida Meridiana y descubrir si esta ciudad tiene fin. A los diez minutos ya me he cruzado con diez runners y cinco bancos con sus correspondientes abuelos que me miran con asco, como si supieran que no voy a ningún sitio en particular, solo hacia adelante, como si eso no estuviera permitido. Como si supieran la que está liando Gareth Liddiard.

Gareth Liddiard lleva diez minutos arrastrándose. Desde la primera sílaba que pronuncia queda claro que si es el líder de esta banda de tarados es solo porque es el más tarado. Sigo caminando. Avanzo rápido. Noto que empiezo a sudar. Sin embargo, tengo las manos heladas. Gareth Liddiard se calla durante unos segundos y suelto la mandíbula. Miro a los lados y entiendo que podría disfrutar del paisaje, de las millones de calles perpendiculares que dejo atrás. Podría disfrutar. Entonces escucho una guitarra que dibuja con tacto una melodía oscura. Con mucho tacto. Entonces me acuerdo de un párrafo de Irvine Welsh en Cola que dice así:

Después, tras haber tomado unas copas, nos fuimos a un bar más pijo que había junto al lago y observamos a un montón de cabrones ricos y viejos con trajes de colores pastel paseando a sus chuchos por las orillas del lago, a todos los yates dirigirse al puerto deportivo y vimos desaparecer el sol sobre los Alpes como una polla sudorosa en la boca de una puta de Leith.

La canción se llama Dekalb blues y es una definición de esa etiqueta que, de existir, designaría un género perfecto. PUNK-BLUES. La canción me recuerda a ese párrafo de Welsh que leí hace varios días con los ojos como platos, repitiéndolo hasta que se me selló en el antebrazo. Liddiard empieza igual de suave que Welsh, pero no te fías. Nadie se traga a Irvine Welsh escribiendo con las manos mojadas en almíbar. Nadie se traga a Gareth Liddiard cantando con la boca limpia. Y claro, explota. Sigo caminando. Seguro que pronto veré el final de esta ciudad. Ese era el plan.

Sigo caminando, pero en algún lugar de mi cerebro va cobrando fuerza la idea de que quizá no me haya mentalizado lo suficiente para escuchar este disco. Ahora suena I´d been toldGareth Liddiard se lamenta, puro blues. Lo imagino apoyado en la barra de un bar, despeinado y hundido. I´d been told es Gareth Liddiard lamentándose en ese bar después de haber montado un pollo en el bar de al lado. Gareth Liddiard intentando que sus neuronas se asocien, Gareth Liddiard entendiendo que su cerebro no funciona. Cuando caminas mientras escuchas música no te das cuenta de que jadeas. Ahora mi cuerpo suda con mayor vehemencia, pero sigo teniendo las manos congeladas. Y esta puta ciudad, ¿no tiene fin o qué? Sigo caminando, porque ese era el plan.

No sé si está oscureciendo o el cielo se está nublando, el caso es que sigo caminando. Estoy bastante lejos, pero sigo caminando. Creo haber leído que esta tarde iba a llover y recuerdo que tengo la ropa tendida. Suena Motherless childrenSuena el punk. Liddiard se ríe de mí porque me he tragado sus lamentos en I´d been told. Se ríe de mí porque he bajado la guardia. Se ríe de mí porque esto está siendo un golpe mortal. Se ríe de mí por pensar ahora en la puta ropa tendida. Gareth Liddiard sigue cantando como ese Nick Cave con el traje lleno de meados y semen seco y salsa de kebab que es. Paro. No puedo caminar más. Esta ciudad no acaba nunca y Gareth Liddiard me ha derrotado. Lo asumo, pero el cabrón me lo restriega.

Vuelvo a casa. Enfilo la Calle de la Nación, hoy, día 12 de octubre. Feliz día de la Fiesta Nacional, hijos de puta. Veo una hilera de motos aparcadas. Un leve empujón sería suficiente para derribar unas 10 motos. Gareth Liddiard sigue restregándome su victoria. Pienso en lo de las motos y creo que a veces es más necesario dejar testimonio a partir de la destrucción de algo.  Gareth Liddiard, líder de esta banda de tarados en la que post es tan importante como punk, suelta el micrófono y me coge del cuello. Me grita que qué mierda hago yo hablando de la vida como si supiera algo. Y tiene razón. Aquí vienen las mentiras.

Abro la puerta. La gata, sorda, me mira con preocupación. Como si supiera que he caminado sin ir a ningún lugar en particular. Solo adelante.

Santini Rose