Camino Ácido (Ángel Stanich): ¿Qué sabemos de Ángel Stanich?

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¿Qué sabemos de Ángel Stanich? Muy poco. Teclea su nombre en Google. En la primera página de resultados solo encuentras acústicos, su inhóspito Bandcamp, un par de páginas con el nombre de las canciones de su primer disco y un par de artículos que hablan de lo escurridizo que es y de que no hace entrevistas. En los pocos textos que encuentras sobre él, siempre aparece la palabra ermitaño. Radio 3 dice que tiene 25 años, que nació en Santander, que estudió en Valladolid y que ahora vive en Madrid. En la web de Sony Music- su discográfica-, Stanich aparece con una camiseta del Bada Bing! y la mirada que se escondía bajo las gafas del joven Dylan. En Youtube ha abierto un canal llamadoPero Quién Diablos Es Ángel Stanich. En las redes sociales su discurso es opaco: sube información sobre conciertos acompañada de fotos en las que aparecen Bukowski o Julián López o Chimo Bayo o una caja de Augmentine. En Twitter  se define como Lysergic songwriter. Otra cosa: hay una cuenta llamada @chicasacidas que marca como Favorito cualquier tuit que escribas sobre Stanich. También sabemos que su debut se llama Camino Ácido,  que lo ha producido Javier Vielba -ese vaquero que dispara en Arizona Baby y Corizonas-  y que lo puedes ver en directo unas 50 veces desde noviembre del año pasado.

Escuchas Camino Ácido y te preguntas: ¿para qué quiero saber algo sobre Ángel Stanich? En esos 45 minutos está todo lo que me interesa de él. Está el ácido -en todos los sentidos que se te ocurran-, la tradición americana, los giros imprevisibles, la voz de sus entrañas y los personajes que lleva sobre los hombros. Escuchar Camino Ácido es un continuo arquear de cejas. El primero, por su voz. Has leído que Stanich suena como si Quique González estuviera borracho. Más aún: Ángel Stanich suena como si Quique González, borracho,  estuviera obligado a hablar porque un policía le pone un flexo a dos centímetros de las pupilas. Y habla.  La historia empieza así: alguien mezcla Ricino y Cinzano en un enlace peptídico, entra en un estado divino y sigue marcando el ritmo pese a estar dormido. Stanich lo cuenta  y miras en derredor, quizá alguien esté resoplando como tú. Luego aparece un órgano y se pasea por la canción. Y todo se va desvaneciendo. En menos de cinco minutos sabes que este tío no es un cantautor llorica, que a este tío le importa una mierda lo que opines de su voz y que este tío podría ganar cualquier premio a cualquier guión en cualquier mundo. 

Si los Coen escucharan Camino Ácido, tendrían material para 20 años. 20 años de películas sobre perdedores. Oh, perdedores. Dices perdedores y aparece frente a tus ojos un saco de tópicos: carreteras solitarias, establos, botas llenas de polvo y palillos que sobresalen de bocas secas. Stanich quema ese saco con ironía. Y si no, con sangre. Así, las dos únicas canciones en las que no hay risas camufladas –El Outsider Miss Trueno ´89– son relatos descarnados. Si en la primera  Stanich es un tipo que ve cómo todo va cayendo, la segunda es la consecuencia. En El Outsider guarda las formas –y yo siempre tan triste a la par que elegante– y no termina de ser explícito –te dejé un regalito antes de marcharme-. En Miss Trueno ´89 le pega una patada a su coraza. Sientes cómo cada palabra le duele. Aúlla y amenaza porque se siente amenazado. Dibuja imágenes tan devastadoras como:

Tienes tequila en la piel

Una botella de José Cuervo 

Y un beatle muere de sed en la quilla de algún desierto 

Stanich es capaz de cantar sobre temas de los que hemos oído mil canciones y sonar fresco. En La noche del Coyote recrea una atmósfera épica gracias a unas guitarras áridas y a una percusión segura. Lenta, pero segura. Stanich, con la cara llena de polvo, no tiene tiempo para metáforas. Habla claro. La tensión sobrepasa a la canción y se extiende a Chinaskidonde cada verso mira extrañado a sus iguales. Chinaski es uno de esos capítulos de Los Soprano en los que desde el minuto uno sabes que algo va a pasar. Y, efectivamente, algo pasa en la última escena. Te pasas 50 minutos intranquilo, mirando cada rincón de la pantalla, creyendo encontrar la clave en cada fundido. Y no. No la encuentras. En Camino Ácido ocurre algo parecido: pasan cosas porque tienen que pasar, porque es lo natural, y no entenderás nada hasta que el disco haya terminado.

Si has escuchado a Ángel Stanich, has escuchado Metralleta Joe. Metralleta Joe es LA canción. Es una bomba, un puñetazo desde el primer segundo. Es un camino ácido, es Ángel Stanich tirando abajo la puerta de tu habitación y agarrándote del pecho. Es un diálogo mitad absurdo mitad parábola. Hay un relato, una hoja de ruta, hasta que Stanich se da cuenta de que algo está agitando su cuerpo. Tira los atriles y grita. Y una voz dice: El tipo en quien confía el carnicero cuando quiere género fresco. Lo repite. Lo aúlla y lo susurra, presta atención a cada una de las 11 palabras que forman la frase. Cuando lo digiere, grita de nuevo. Gira y su banda está en éxtasis, como él. Metralleta Joe es la historia más vieja del mundo contada de la forma más moderna que puedas imaginar.

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Metralleta Joe se llevará los vítores. La cantarás en los conciertos y la tocarás con tu guitarra frente a tus colegas. Sin embargo, hay dos canciones que dan profundidad a Camino Ácido: El cruce y Mezcalito. El cruce es la Historia del rock. Ese cruce. Stanich no lo nombra, pero por tu cabeza circulan Robert Johnson y su gente. Cuando tienes la canción localizada, te pierdes. Stanich suelta:

Las naves abducen

La Ofensiva del Tet

Los burócratas huyen

Han perdido la fe

Al final reconoce que era un sueño, pero no termina de tenerlo claro. Tú decides, dice. La otra canción es MezcalitoStanich destroza cada sambenito que pensabas colgarle. Mezcalito es la canción más luminosa de Camino Ácido. Quizá sea una canción optimista. Como mínimo, deja abierta la puerta que tienes frente a ti. Es la canción que canta mientras vive o busca la vida. Se cruza con Manolo Caracol y se queda con su imagen en la cabeza. Pero sigue. Y sigue. Y sigue. Ángel Stanich no sabe adónde va, solo sabe que buscará algo que le haga estar vivo.  Detrás de un ritmo contagioso, una letra aguda y una voz resultona hay una evidencia. Esa evidencia está relacionada con aquella escena de Californication en la que Faith le dice a Hank Moody que se atreva a escribir sin ser cínico.  Esa evidencia dice que por aquí van los tiros para llegar al Born to run de nuestro tiempo.

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Entonces, ¿qué sabemos de Ángel Stanich? Sabemos es el músico más original que ha surgido en este país en mucho tiempo. Sabemos que no es un chaval-que-escribe-muy-bien-y-que-se-acompaña-de-cuatro-acordes. Sabemos que tiene un gran paraguas sobre su cabeza llamado Sony BMG y que, puedes estar tranquilo, la información fluirá. Pero hay mucha coherencia en su actitud, en su obsesión por no dejar huella. Es consciente de que va a tener apoyo mediático al estar en una gran discográfica, así que pasa. Stanich ofrece otro tipo de pacto: solo vas a saber de mí lo que yo quiera que sepas, esto es, mis canciones. Hoy resulta extraño, pero así fue durante mucho tiempo. Seguiremos intentando completar el puzzle. Hasta entonces, rayemos Camino Ácido.

Santini Rose