High Hopes (Bruce Springsteen): un señor cantando viejas canciones de Bruce Springsteen

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Seguro que en algún momento a Springsteen le cuadró la fórmula: revisión de canciones antiguas, inéditas y versiones. Y para que nadie piense que High Hopes es un bootleg, llamo a Tom Morello. La llamada pilló al neoyorquino dudando si calzarse la gorra noventera o la de Woody Guthrie. Seguro que  el nombre de Morello estaba envuelto en un círculo rojo en la fórmula de Springsteen. Era EL hombre. La versión oficial dice que Springsteen ha encontrado una nueva musa en el neoyorquino, la evidencia de su penuria creativa permite otra interpretación: Springsteen cuenta con Morello para rejuvenecer su mensaje. Para llegar a la generación que no vivió su río ni su huida en directo. Esa generación que se ha sentido identificada con los mensajes, Chomsky  aderezado con bilis, que han salido de las seis cuerdas y mil botones de Morello.

El verano pasado, Bob Dylan publicó su décimo bootleg, titulado Another Self Portrait y perteneciente al periodo 1969-1971, cuando el bardo editó Self Portrait, su primer batacazo. Dylan quiso ajustar cuentas con la Historia y demostrar que en aquella época su estado creativo no era tan malo. De algún modo lo consiguió, oportunismos  y justificaciones aparte. La diferencia de Another Self Portrait con High Hopes es que Springsteen no reivindica nada. Simplemente revisa su repertorio desde un nuevo prisma. Se palpa su necesidad de deshacerse de ciertos corsés, un intento de abrir nuevas rutas sonoras. El problema de High Hopes es que esas rutas sonoras socavan todo lo que ha hecho grande al de New Jersey. La línea que separa la grandeza de la grandilocuencia está llena de huellas. La línea ha sido pisoteada. Una de las causas es que la E Street Band ya no es lo que era. Frederici y Clemons han desaparecido, por mucho que se incluyan cortes suyos en el álbum, a Steven Van Zandt todavía le queda gomina de Silvio Dante y no está disponible, y Morello jamás será un marinero de la E Street Band.

Esa es otra de las causas: El de Rage Against The Machine va a su bola, más pendiente de sus florituras que de servir a la canción.   En Heaven´s Wall su solo parece seguir la misma dirección que había trazado Springsteen, pero se queda en nada. Una idea, ningún hecho. Otras veces ocurre lo contrario:  en Harry´s Place todo es excesivo. Comienza y uno espera que Rihanna aparezca y se contonee alrededor de Springsteen, así de sonrojantes son las concesiones del de New Jersey al mainstream. Luego aparece Morello, de espaldas a todos, y arranca. Tiene tantas herramientas que se le ha olvidado que está tocando con una banda, que tiene que interiorizar los martillazos de la batería y mantener contacto visual con el bajista. Bruce se da cuenta y decide adaptar la música a Morello sin perder su esencia. La mezcla ya existía antes, se llama U2 y tampoco funciona en este contexto. Por mucho que quiera, lo de Springsteen no es la última tecnología. Suena atado entre tantas capas frívolas.  Y lo suyo es sudar rock. Aquí no hay sudor ni rock, al menos lo que él nos ha enseñado sobre el rock.

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Springsteen y Morello

Morello ve a Springsteen apurado y se decide a conceder algo: en canciones American Skin (41 shots) su sonido es más puro de lo habitual -lo que deja claro, pese a que esa sea otra  historia, la influencia de Slash-  pero el resultado sigue sin cuajar.  Y luego está The Ghost of Tom Joad. La canción que -por la calidad de la versión original- te enseña qué quería ser High Hopes y en qué se ha quedado. Quería ser un: esta canción es inmortal, estamos en 2014 y la vamos a actualizar sin que pierda un ápice de épica. Y se queda en pirotecnia banal. Springsteen canta y a los cinco minutos se gira y se da cuenta de que ahí está Tom Morello. Morello asiente. Bruce le da una señal y Morello dibuja una caricatura en la que aparecen él y el cantante. Si High Hopes es el camino, Springsteen se ha convertido en un imitador de Springsteen. Y la canción se resiente. En la versión original el dramatismo nacía de la desnudez, de las astillas emocionales, de versos llenos de sentido:

The highway is alive tonight but nobody’s kidding nobody about where it goes

I’m sitting down here in the campfire light searching for the ghost of Tom Joad

Versos que acompañados por toneladas de distorsión y arreglos faraónicos se vuelven pomposos, casi insoportables, casi del nivel de ese tipo que nunca consiguió ser Bruce Springsteen y que responde al nombre de Jon Bon Jovi.

Lo mejor que se puede decir de la aportación de Morello es que cuando toca pasa algo, por irregular o desafortunado que sea. En las cuatro canciones en las que no aparece, no pasa nada. Down in the hole, Frankie fell in love y This is your sword son planas y aburridas. Al escucharlas, uno entiende que lo de Morello era un as en la manga. Un as fallido, pero Springsteen necesitaba un cambio para ahuyentar esa falta de recovecos de sus últimos discos, esa sobreproducción, esos escasos momentos de inspiración. La única luz de High Hopes es The Wall. The Wall  es una elegía a Walter Cichon, ídolo juvenil de Bruce. Es un medio tiempo cargado de emotividad y melancolía, el tipo de canción en el que más brilla el Springsteen del siglo XXI. The Wall demuestra que no es necesario romper con todo si eres Bruce Springsteen. Basta con ser fiel a ti mismo.

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En High Hopes no hay cohesión. Si Springsteen hubiera publicado doce canciones a través de su web, el resultado hubiera sido el mismo o quizá mejor, porque no se habría creado la expectación de un nuevo disco de Bruce Springsteen. Pero esa parece precisamente su ambición actual, dejando la música en un segundo plano. Que sea un trabajo de revisión de repertorio no es justificación para esta falta de compenetración entre canciones, el propio Springsteen ha dejado muestras de ello con, por ejemplo, su The Essential, publicado en 2003. Pero High Hopes se nos ha vendido como un nuevo álbum, una nueva esperanza. Y no. De la mano de los productores Ron Aniello y Brendan O´Brien y grabando en casi todo el mundo, Springsteen parece decir: si la radio ya no pone mis canciones, haré las canciones que suenan hoy en la radio. Estas canciones sonarán excelentes en sus conciertos -el último bastión de la resistencia de Springsteen-, pero serán olvidadas dentro de poco tiempo. Lo mejor del álbum es su intento de innovar, lo peor, el resultado. No hay una sola idea llevada a cabo con precisión. Bruce Springsteen juega en otra liga y no puede permitir que la MTV le diga qué está bien y qué no.

Lo peor es que si piensa que para sonar actual debe rellenar sus discos de la última tecnología, de atmósferas del siglo XXII, si está convencido de que sonar moderno es ser colega de Chris Martin, es que ya no cree en la idea que abanderó durante décadas. Esa idea que le hizo poder estar sentado en el círculo de Bob Dylan, Neil Young, Johnny Cash y Lucinda Williams sin tener que agachar la mirada.

Santini Rose