Los mejores discos de 2013 (I)

Esta selección es un  caos. Los discos editados en España y en el extranjero están juntos. No hay orden, pero sí explicación. No distingo entre los discos editados en España y en el extranjero por dos razones:

1. Esta distinción no tiene sentido cuando Quique González se va a grabar a Nashville y Micah P. Hinson viene a Santander.

2. El idioma no es argumento suficiente para incluir a Guadalupe Plata y a Bunbury en la misma lista y separarlos de North Mississippi Allstars, con quienes los de Úbeda tienen más en común.

En  Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación (Anagrama, 2008), Alessandro Baricco explica cómo el vino se convirtió en un producto de masas, a partir de una guía que incluía valoraciones acompañadas de calificación numérica. Baricco extrapola el ejemplo a la literatura y dibuja una imagen absurda: un crítico literario poniéndole un 7,25 a Proust por ser demasiado largo, un 6 a Poe por demasiado oscuro o un 5 a Joyce por su vanidad. Aquí pasa algo parecido. Un disco no es un examen de matemáticas. Una cuerda rota no es una raíz cuadrada mal resuelta.  No banalicemos el arte.

Si estás buscando el título de un disco acompañado por un flamante número 1, deja de leer.

Esta es la primera parte de una serie de -20- álbumes que dejan un poso. Terminan y algo no es como cuando pulsaste el play:

  • Push the sky away (Nick Cave & The Bad Seeds):

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Nick Cave ha tocado el cielo. Otra vez. Se siente tan cómodo que ha dejado de usar el equipo de montañero que usaba en los 80. Ahora sube al cielo en traje. Se siente tan cómo que ya no tiene por qué gritar: MIRADME, HE TOCADO EL CIELO. Porque todos sabemos que es un genio y que solo tiene que entonar un par de versos para conseguirlo. Push the sky away es el vigésimo primer álbum de su carrera. Después de 24 años sigue ofreciendo un nivel glorioso. Aquí no encontrarás  alaridos, pero la amenaza no ha desaparecido. Si otro artista hubiera firmado este disco diríamos que es una obra tranquila, pero Nick Cave y tranquilidad no pueden ir en la misma frase. Hay grandes canciones, pero el todo es superior a las partes. Hay una banda demostrando su versatilidad, demostrando que ser bestias del inframundo solo fue una decisión, una de las opciones. Mick Harvey ya no está, pero Warren EllisMartyn P. CaseyConway Savage, Barry Adamson,Thomas Wydler y Jim Sclavunos -los apóstoles que de verdad importan- jamás han echado de menos a nadie. Mencionar a Robert Johnson, Lucifer y Hannah Montana en la misma canción no está al alcance de todo el mundo. Lo puedes hacer, pero lo más normal es que el tipo tras el cristal borre la toma, pensando que bromeabas. Aquí todo tiene sentido y nadie bromea.

  • Vow (Naam):

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Vow es un viaje. Naam mezcla el space rock con el stoner  y  la psicodelia y el folk y el progresivo para crear una obra extraña. A veces son los  Doors demostrando que pueden ir más allá que Kyuss, a veces son Springsteen robándole el micrófono a Grace Slick. Hay fuerza bruta y sutileza. Puñetazos y caricias. Vow es el segundo álbum del cuarteto de Brooklyn, más inspirado que su debut, homónimo. Quizá Naam fuera más potente, pero tiene menos matices. En Vow crece la importancia del órgano, instrumento que aporta profundidad. Al principio reina la calma, pero un soniquete de guitarra va creciendo. La voz de Ryan Lugar pronuncia algo, pero no es una voz que haya entrado a romperlo todo. Advierte más que amenaza. La tensión sigue creciendo. Todo termina explotando, claro. Explota y sientes alivio. Las llamas queman el culo de las nubes y solo quedan cenizas. No sabes si alguien recogerá las cenizas o si la siguiente tormenta acabará con ellas. Porque lo único seguro es que habrá otra tormenta.

  • Dream River (Bill Callahan): 

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¿Qué fue antes, los días grises o Bill Callahan? ¿Escribirá alguna vez el músico de Maryland un disco malo? No sabemos ninguna de las dos respuestas, aunque la negación de la segunda va ganando peso. Tampoco importa. Nunca ha importado menos. Pon Dream river y lo entenderás. Puedes tener una voz de barítono y escribir bien, pero eso no te convertirá en Bill Callahan. Tienes que ser delicado, serio, fuerte, melancólico -pero no demasiado-, pasional y directo. Y lo más probable es que tampoco te acerques a la funda de su guitarra. Y luego está lo del estilo. ¿Quién puede cantar I´ve got limitations like Marvin Gaye / Mortal joy is that way sin que la garganta le traicione? Callahan lo tiene todo controlado. Hace años que su lado folk ha desequilibrado la balanza,  pero no ha olvidado su vena lo-fi. Siempre encuentra espacio para una pizca de distorsión. No encontrarás a una banda protegiéndole, como en los tiempos de Smog, pero tampoco hace falta. Ahora que la música americana se antoja un océano en el que es difícil separar el grano de la paja, la influencia de Callahan puede ser un buen filtro.

  • Formas de matar el tiempo (Lapido): 

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El primer acorde ya es amargo. Después entra la guitarra y aparece la mala hostia. La mala hostia de quien lleva años diciendo que todo se va a ir a la mierda. Y nadie le hizo caso. Lapido no se muestra extrañado. No arquea las cejas en todo el disco. Las aprieta o las relaja, pero nada le sorprende. No suelta panfletos sobre lo hijo de perra que es Bárcenas o sobre por qué Aznar ha dejado de hablar cuando han salido a la luz sus correos con Blesa o sobre lo retrógrado de la ley contra el aborto. Pero todo eso está en Formas de matar el tiempo. Sabéis lo mismo que yo/ Que el barco está tocado/ Y pronto estará hundido/ Si no cambia la tripulación, canta en Está que ardeEl granadino vuelve a desplegar su magisterio con la pluma y la púa en un disco lleno de rabia poética, escuela Dylan. Lapido es un alfarero, lleva años perfeccionando su fórmula -ahí está La ciudad que nunca existió, revisión de Luz de ciudades en llamas-: guitarra, bajo, batería y teclado. Esa fórmula se muestra hoy con más esplendor que nunca. Esa fórmula habla de la coherencia de uno de los mejores músicos que ha dado este país. Lapido no matará al tiempo, pero su música sobrevivirá.

  • Abra Kadavar (Kadavar):

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Deshazte de tus prejuicios contra los revivals. Te lo pongo fácil: escucha este disco. Suena a Black Sabbath, claro. Pero, ¿qué música potente posterior a Black Sabbath no suena a Black Sabbath? Lo raro sería que una banda de hard-rock sonara a Arcade Fire. Pero también hay tradición krautrock y algo de esa rabia rural -ese ir al grano– de John Fogerty. El secreto es que ninguna influencia se convierte en copia: Kadavar coge la esencia de cada sonido para crear el suyo. Por eso tiene personalidad. Pero eso suena nuevo y urgente. Las guitarras rugen cada segundo, Lupus Lindermann se desgañita y Tiger revienta parches. Quizá Abra Kadavar no llegue al nivel de, Kadavar, el debut de los alemanes, pero el resultado es magnífico. Hay muy pocas bandas capaces de crear un sonido que golpee tan alto. Y no solo hay potencia: ahí están los juegos melódicos que Lindermann dibuja entre guitarra y voz o la fumada de Rhythm for endless minds,  solo dos muestras de estilo. Luego está el riff de Doomsday machine, una prueba de fuego para saber si lo tuyo es el rock. Si esa guitarra no te parte la cabeza ponte unos pantalones anchos, una gorra plana y dedícate a rapear. Abra Kadavar no es el rock, pero en él está el rock. Y si un revival te aburre es porque es malo.

  • Untamed Beast (Sallie Ford & The Sound Outside):

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A Sallie Ford siempre le perseguirá el espíritu de Misty Marie Wilmot. Hace dos discos que Sallie no es camarera, pero sigue reaccionando con agresividad a la mínima amenaza, como si todavía tuviera que demostrar que tiene garras. En Roll aroundcanta: Just give me something real/ Just give me something real/ This generation lives on a lie / it lives on fake para luego soñar: I just wanna live in the fifties / And you could take me on a date/ Technology would not exist/ And I would have a clean slate/ The internet, the telephone/ Would all disappear/ And you and I would just sit here/ Cause I just wanna roll around in bed with you. Sallie añora otra época y muestra su amargura por vivir en esta. Esa amargura se convierte en rabia o nostalgia. Los dos sentimientos caben en Untamed beast.  Encontramos rock and roll anterior a 1960, garaje y pinceladas de blues.La voz de Sallie  es el 95% de la banda, pero sin la relación que su guitarra tiene con la de Jeffrey Munger nada sería igual. El juego va de quién pone la melodía y quién la cuchilla. Munger está más atento que los músicos que acompañaban a James Brown: debe adivinar cuándo ese algo que tiene Sallie va a aparecer, y ofrecer un contrapunto. Si en Portland ha dejado de llover no es por el cambio climático, es porque Sallie Ford ha sacado las garras.

  • Delantera mítica (Quique González): 

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Quique González vuelve a Nashville y ya no titubea. Oye las botas de los vaqueros y no baja la vista. masca tabaco, ríe y lo escupe. Ve a Brad Jones y le aprieta la mano. Se disponen a tocar y todos esperan su señal. No es como antes, cuando el madrileño llegó y se dejó llevar. Daiquiri blues sonaba bien, sí. Pero Delantera mítica es otra cosa. Es Quique González con una banda detrás. Quique González grabando su mejor disco. A nivel lírico hay dos discos que pueden plantarle cara: Salitre 48 (2001) y Avería y redención #7 (2007). A nivel sonoro nunca ha tocado algo tan bueno. Algo tan orgánico, punzante y sincero. Sus letras vuelven a mezclar a Dylan (sepultureros) con Peckinpah (rifles junto a mecedoras)  y con imaginería de esta España (el gol de Iniesta, presidentes de la desesperación). Tampoco ha cantado así antes. Como Lapido -su gran maestro nacional-, el madrileño es un artesano. La idea es la misma que al principio, pero cada vez está mejor concebida. Cada vez hay más giros vocales y menos corsés. Hay escarceos con la tradición sudamericana – Dallas-Memphis-, rabia –¿Dónde está el dinero?ajustes de cuentas consigo mismo –No encuentro a Samuel  y una valiente revisión de Dylan. Solo Jeff Buckley -y quizá dos o tres más- se han atrevido a desnudar así una canción del bardo de Duluth. Hay algo en la voz de Quique González que parece evitar el asombro ante su última creación. Tranquilos, –parece advertir– solo es mi mejor disco hasta ahora.

  • AM (Arctic Monkeys): 

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Los primeros 10 segundos de AM  son superiores a la discografía  de millones de bandas.  Y solo hay una batería y una guitarra. Luego entra Alex Turner y Arctic Monkeys supera a otro millar de bandas. La tensión sexual de Do I wanna know? deja claras dos cosas. 1) Que Arctic Monkeys ya no son una banda de canciones de menos de tres minutos. Han madurado. En este disco hay más medios tiempos -deslumbrante ese homenaje a The Velvet Underground en Mad Sounds– y más bajos pesados. 2) Esta madurez no supone una  pérdida de calidad en su propuesta. Turner lleva un cuaderno para anotar todo lo que vive con Josh Homme y aquí está el resultado. Humbug fue la certeza de que algo iba a cambiar. Suck it and see fue la primera parte del cambio, pero  faltaba algo de credibilidad. Esa credibilidad aparece en plenitud en AM. La diferencia está en canciones como ArabellaEn Suck it and see hay varias canciones que recrean atmósferas similares, pero no llegaban a romper. Se quedaban en tierra de nadie, y aburrían. Además, Turner escribe cada vez mejor. En Why´d you only call me when you´re high? canta: You said you gotta be up in the morning / Gonna have an early night / Then you started to bore me/ Baby, why´d you only call me when you´re high?  Sigue escribiendo sobre ser joven, pero algo ha cambiado. Y sobre todo, ¿quién puede responder a esa pregunta?

  • Pequeño y plateado (Cabezalí):

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 En Amor felino, Manuel Cabezalí canta: Ya que no hay nada que hacer/ Busca un sitio donde dormir /Ven a mis manos. Es lo primero que oímos: Ya que no hay nada que hacer.  Esa es la sensación que transmite Pequeño y plateado, debut en solitario del cantante y guitarrista de Havalina. No hay nada que hacer, solo tocar una guitarra y susurrar. El líder de Havalina ha trazado un curioso puente. Une a Fu Manchu con Nick Drake. Cabezalí no ha escrito el típico disco en solitario con acústica y letras intimistas. Aquí no aparece esa idea de tres acordes y a seguir adelante. Aquí escuchas un recital acústico del mejor guitarrista español que esta generación ha dado. A veces piensas que podría haber grabado un disco instrumental, que su voz solo es un acompañamiento a lo que sale de sus dedos. Pero la voz aporta una base esencial para que las cuerdas vuelen. Es como si Cabezalí usara su garganta como otra guitarra y trazara otra melodía. Su elegancia se extiende a los arreglos de piano y cuerda y a la escasa percusión. Todo está en su sitio. Sabíamos que el tipo que canta en Havalina tenía adentro algo más que riffs llenos de arena, pero esto no lo esperaba nadie.

  • Fuzz (Fuzz):

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Ty Segall otra vez. Este tipo ha publicado desde 2005 más de 50 discos, ya sean en directo, EP o LP. Muchos no superan la medianía. Pero otros son joyas. Este año ha publicado Sleeper, un disco en solitario en el que explora el folk psicodélico, siempre desde su óptica lo-fi. Y luego está FuzzFuzz es el primer disco que graba con Fuzz, proyecto en el que toca la batería  y canta. Cuenta con las hachas de Charles Moothart, su Scottie Pippen,  a la guitarra y Roland Cosio al bajo. Sleeper es buen disco, pero no es redondo. Fuzz es la hostia. Es una jam de poco más de media hora. Uno imagina a uno de los músicos diciendo a los otros dos que tiene 40 minutos libres. No hace falta decir nada más. Cierran un triángulo y sacan el mechero. A los pocos segundos todo está carbonizado. Fuzz huele a azufre, a un momento único, gloriosamente registrado. Los riffs de Moothart -¿de dónde ha salido este muchacho?-  agarran por el cuello al stoner y le obligan a volver a su estado seminal. Y eso solo significa dos palabras: Black Sabbath. Fuzz es Black Sabbath tocando en el bajo de Cream. El disco fue publicado unos meses antes que Sleeper. Es como si Segall intentara dejar claro que pronto tocaría algo que no es asquerosamente guarro. Aquí están guardados los juguetes. Pero están a presión. Y van a explotar.