Heartbreaker (Ryan Adams): corazón punk, ojos country

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En su reseña para Pitchfork, Steven Bird dijo que Heartbreaker es “la banda sonora de los últimos diez minutos de cada relación”. El debut de Ryan Adams en solitario fue arropado por la crítica. Pocos medios no lo situaron entre lo mejor de 2000. En poco tiempo, Adams fue elevado a la figura de nuevo Bruce Springsteen: sus canciones eran estampas de una forma de vivir en América.

Con Whiskeytown, Adams creó alguno de los altares más significativos que se han erigido para rezar a Gram Parsons. Su banda grabó tres discos. El tercero, Pneumonia, fue grabado en 1999 y se publicó en 2001. Entretanto, la banda se disolvió. No sería la única ruptura que el músico de Jacksonville viviría ese año: su novia, Amy Lombardi, le dejó. Adams vio el amanecer del nuevo siglo con 26 años, sin banda y sin novia.

Y claro, eso está en Hearbreaker. Grabado en Nashville en menos de dos semanas, el debut de Adams exuda dolor y soledad. Su mano derecha fue Ethan Johns –sí, el hijo de Glyn Johns-, que ha producido a Kings Of Leon, Ray LaMontagne o Laura Marling y que hace un año publicó su primer disco: If not now then when?. El método de trabajo de Johns consiste en tocar hasta encontrar la mecha. Entonces solo queda prender esa mecha. Según Johns, este método es el mejor si el músico es extremadamente sensible e intuitivo. Por lo que sabemos, Ryan Adams lo es.

El corte que precede a To be Young (is to be sad, is to be high) responde a ese modus operandi: una discusión estúpida entre melómanos antes de prender la mecha. Prenden la mecha y Adams canta ese When you´re young you get sad, then you get high que recuerda que el punk nunca abandonó del todo su corazón. La forma es esa mezcla de country con elementos del noise rock que se ha llamado alt country o americana. Pero el fondo es punk. Y esta es la aportación de Ryan Adams: corazón punk y ojos country. Un hijo ilegítimo de Johnny Thunders y Lucinda Williams. Adams sabe que solo necesita una guitarra y a cuatro amigos para hacer música. En algún momento parece caer en la cuenta de que nada ni nadie le asegura que vaya a tener esa guitarra o esos cuatro amigos. Y eso es el resto de Heartbreaker, un lamento. To be Young es la borrachera. El resto del disco es la resaca y la culpa.

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En Si esto es un hombre, Primo Levi afirma que el hombre es incapaz de sentir felicidad o tristeza de forma absoluta. Si se es feliz, mantiene el italiano, siempre queda la incertidumbre de qué nos depara el futuro. Por el contrario, la tristeza siempre esconde algo de esperanza. Las canciones de su debut demuestran que Ryan Adams está de acuerdo con esta idea. Las canciones, digamos, reconfortantes dejan la puerta abierta al desastre; de las canciones del desastre parece nacer un halo de luz. Al primer grupo pertenecen My winding Wheel o Amy, en la que Adams quiere demostrar que es un hombre ante la que era su novia. No quiere derrumbarse. Le dice a Amy que la sigue queriendo y que vuelva. Pero en el fondo sabe que esto no sucederá. Además –llamadme loco- escuchamos un cierto aire a Nick Drake en los arreglos preciosistas de los vientos.

Del segundo grupo sobresalen Oh my sweet Carolinamención especial a esos coros de la eterna Emmylou HarrisCall me on your way back home y Come pick me up. Adams se plantea una huida, pero es consciente de su fragilidad. La fragilidad es la protagonista de Call me on your way back home. El niño bonito de la música americana sufre, y parece que se va a desvanecer en cualquier momento. Susurra ese I just wanna die without you que solo resulta creíble porque, al cantarlo, Adams cambia su tono. Sube la voz. Se endurece. No se recrea en su pena. Entonces aparece la esperanza. Solo queda seguir adelante. Adams demuestra en estas tres canciones su maestría con la armónica. Cuando solo queda la caída libre aparece ese quejido arenoso hijo de miles de kilómetros recorridos a solas.

A medio camino entre las dos vertientes, encontramos canciones que hablan de las dudas. Canciones en las que Adams se muestra descolocado, como Damn, Sam (I love a woman that rains), Why do they leave o In my time of need, en la que tiene el valor de preguntarse, pese a todo, si alguien estará a su lado.

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Ryan Adams tenía (y tiene) condiciones para ser un nuevo Bruce Springsteen, lo que no hubiera significado otra cosa que bordar su nombre, todo en mayúsculas doradas, en la Biblia de la canción americana. Si no lo ha conseguido es porque ha confundido libertad artística con dejadez. Se negó a promocionar su siguiente disco, Gold (2001), para seguir grabando canciones. En su momento se vio como el impulso de un artista libre que no tiene tiempo para jugar a las sonrisas. Probablemente lo fuera. Grabar 14 discos, más un EP, en 13 años es otra cosa. Adams se tomó demasiado en serio aquella máxima que George Martin aplicaba a The Beatles, consistente en grabar TODO lo que tocaran. Adams es muy bueno, pero no es un beatle. En cada uno de esos 15 trabajos encontramos detalles de su genio, pero (casi) nunca pasan de eso, de destellos. Solo Gold, Demolition y Love is hell se escapan. Si hubiera hecho la más mínima selección, habría publicado seis o siete discos magníficos. Esta desidia provocó que Jeff Tweedy, el otro gran genio del country alternativo, le adelantara y ahora ocupe un trono que le sitúa por encima del bien y el mal.

 Escuchando Heartbreaker, uno cae en la cuenta de que un talento así puede volver a dar con la tecla. Hace 13 años encontró la fórmula. Sus canciones eran más directas y más maduras que las de Whiskeytown, eran sinceras, románticas sin ser cursis. Ahora sobrepasa esa barrera con cierta frecuencia, muy cerca de ser  banda sonora para las correrías de Hugh Grant y Jennifer Aniston en Antena 3. En Heartbreaker, Ryan Adams es un joven de Carolina del Norte que se cree un hombre porque le han roto el corazón. Alguien le grita, pongamos Stevie Nicks cantando Go your own way. Adams se encoge y nos encoge.