Formas de matar el tiempo (José Ignacio Lapido): el camino siempre estuvo ahí

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El séptimo disco en solitario de José Ignacio Lapido se llama Formas de matar el tiempo y fue publicado el 8 de abril. Estandarte de la autoproducción con Pentatonia Records -según él, “una tabla de salvación”- el granadino sigue su senda. Alejado de las radiofórmulas, sigue abrazado a los Stones y al rock de raigambre americana (Bob Dylan, Tom Petty o Neil Young). La razón es clara: “La necesidad de crear algo digno, que trascienda a mi persona, me hace estar alejado de las tendencias actuales”, respondió a Sennheiser.

Lapido trabaja en la sombra. En 1982 fundó 091, banda con la que estuvo en activo 14 años y con la que grabó siete discos. En 2013, 091 tiene el estatus de banda de culto. Lo mismo pasa con la carrera en solitario del que era su guitarrista. La crítica musical ha recibido con elogios cada uno de sus seis discos. El problema, como él mismo ha dicho en alguna ocasión, es que las críticas no venden discos. Vive entre el aplauso de crítica y compañeros de profesión y la indiferencia del público que adora a artistas a los que él ha influido. El caso más reconocible es el de Quique González. El madrileño siempre ha citado a Lapido como a un maestro, como el mejor letrista del rock en castellano. Pese a grabar en Nasvhille, no ha olvidado la impronta del granadino. Si en su penúltimo disco (Daiquiri Blues, 2009) versionó Algo me aleja de ti, en el último, Delantera mítica, ofrece canciones como Parece mentiraen las que podemos encontrar migas de pan que unen Madrid con Granada. Lapido se toma con ironía este anonimato relativo: “Preferiría que la gente me hiciera caso ahora que estoy en activo y que no esperaran a reivindicarme cuando sea fiambre.” 

Reconozco que nunca había escuchado con detenimiento a Lapido, hasta Formas de matar el tiempo. Sabía de su importancia, pero siempre lo dejaba para más tarde. Leí críticas de su nuevo disco y supe que era el momento. Al principio capté detalles, pero no llegué a entenderlo. Hoy, después de casi una decena de escuchas más, puedo afirmar que su disco es magnífico. Cada escucha me permite encontrar un nuevo rincón, una nueva palabra que se convierte en la clave de cada canción.

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Formas de matar el tiempo comienza  con una ensoñación provocada por el teclado de Raúl Bernal. Es Un día de perrosLapido recrea una atmósfera de resaca: nidos vacíos, calles vacías y un cielo gris. Después del ensimismamiento, llega la guitarra eléctrica. Con ella, la llamada a la acción. Vamos a esperar a que las nubes se abran y que dejen pasar, canta. Con ese golpe en la mesa, Lapido está diciendo que el rock nos puede sacar del letargo. El rock nos puede mover. Formas de matar el tiempo habla de crisis. Crisis en varios sentidos: la ineludible crisis económica que vive España, pero también las crisis -los cambios- que cada poco afrontamos en la vida. Las dudas, siempre más numerosas que las certezas. Lapido representa la parte más dura del rock, la opuesta a los Cadillac. Es la música trabajada día a día, la hostia, la vuelta a empezar. Esta trayectoria ha curtido al músico andaluz. De ahí nace el carácter de sus discos: distopías que no caen en el discurso panfletario ni en la demagogia. Lapido dice que las cosas están mal y que no va a sonreír, pero no llora.

Otra característica común a toda su obra es la pequeña rendija que deja abierta a la luz. Está oscuro, pero hay algo de esperanza. Esa esperanza nace de las dudas que asolan su mente. Lapido no sabe si vendrán tiempos mejores, solo dice que puede ser que vengan tiempos mejores. Así lo canta en Al azarotro medio tiempo que estudiará Quique González:

Puede que lo malo haya pasado

Y nos espere lo mejor

O puede que nos saquen del error

El tiempo, el significado de ser compositor -temática reflexiva-, y la religión son temas recurrentes en sus letras.  Lapido explicó a 20 minutos que hacer canciones es la forma que tiene “de luchar contra el paso del tiempo y dejar algo que trascienda”. De ahí el título. El paso del tiempo late en La ciudad que nunca existióprima hermana de Luz de ciudades en llamas– con versos como:

Se oxidaron las leyes

Y los puentes colgantes

Yo te hablo de amor

Y tú de artes marciales

Esos dos últimos versos son un puñetazo. Quizá sean los mejores versos de Formas de matar el tiempo. Son tiempos duros para las palabras. La canción más explícita sobre esta España es Está que arde:

El sepulturero obedece al ministro

Que le ha dicho que cave un metro más

Que eche agua al vino

Y que empeñe sus anillos

Que compre flores para el funeral

Lapido recurre a la figura del sepulturero, tan habitual en Dylan, para retratar la situación actual. Ese sepulturero podría ser Bárcenas, el personaje que deja claro que todo se está hundiendo. En la misma canción, dice que se va a enfundar su disfraz de sombra. También canta:

Sabéis lo mismo que yo

Que el barco está tocado

Y pronto estará hundido

Si no cambia la tripulación

De nuevo todo es oscuro, pero hay algo de esperanza. Lapido parece recordar aquella  idea de que el rockero es el pájaro que comienza a cantar cuando en la mina falta oxígeno, acuñada por Bruce Springsteen. Aquí encontramos a un Lapido preguntándose qué es ser compositor. ¿Cuál es su función? Él ha dicho en alguna ocasión que no vale con retratar la realidad, hay que insertar tu emoción, tu vida, en esa realidad que observamos.

La guitarra de Lapido no desmerece en ningún momento a las letras. Recordemos que es más guitarrista que cantante, algo que le vino impuesto. Con la acústica o con la eléctrica, desarrolla un estilo hijo de Chuck Berry a través del filtro de Keith Richards. Prueba de ello es el riff de Cuando por finhijo, como miles de bandas, de (I can´t get no) Satisfaction.

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Y luego están 40 días en el desierto y No hay vuelta atrás. La primera comienza con un arpegio de acústica que no desaparece en ningún momento. Lapido canta:

Toneladas de amargura se amontonan

En la entrada al paraíso al ponerse el Sol

La multitud en la penumbra en busca de un interruptor

Nadie está libre de culpa

Más dudas. Más zozobra. Es posible que amargura sea la palabra más repetida en el disco. Más adelante, Lapido ofrece imágenes como un camello que vende sueños a mitad de precio, un niño de mirada triste que sonríe en la foto mientras sostiene un  Kalashnikov. Son imágenes cinematográficas. Con un golpe de guitarra, corta esas escenas tristes y ataca. Después pronuncia unos versos muy significativos: Sigo sin respuestas, pero tengo sed. Ahí está la esencia. Ahí está Lapido dando la razón a Nacho Vegas cuando este dijo que hace canciones para, desde la distancia, poner orden en sus problemas.

No hay vuelta atrás podría formar parte del John Wesley Harding de Dylan. Lapido se muestra desengañado:

Creímos que alguien nos mostraría el camino

Y el camino siempre estuvo ahí

Con sus perros atropellados, sus atajos y sus precipicios

Lo aprendimos cuando ya no había vuelta atrás

Buscasteis el sentido de la vida

Y la vida siempre ha sido así

Dura como el olvido, breve como una caricia

Quizá os lo digan cuando ya no haya vuelta atrás

Los arreglos de cuerda y de piano de No hay vuelta atrás merecerían una entrada entera. Se ha dicho que Lapido no ha innovado. Se ha dicho que su fórmula sonora es repetitiva. Pero se trata de una no evolución consciente. El granadino se muestra especialmente orgulloso de sus tres últimos discos, en los que cree haber encontrado su sonido. Para ello, entiende vital la consolidación de una banda: Raúl Bernal al piano, Víctor Sánchez a la guitarra, Paco Solana al bajo y Popi González a la batería.  Lapido es un alfarero que se mancha para dar forma a su música. Un artesano que come con el mono sucio. En 2013, su música es mejor que nunca. Hoy, lo fácil hubiera sido grabar un disco con una protesta más explícita. Lapido es muy crítico, pero entiende que ese carácter no puede ser sustendado únicamente por las letras. Así, Formas de matar el tiempo es un disco que rezuma ese espíritu en cada golpe de caja, en cada cuerda partida. Eso se llama clase.