Live at Sin-é (Jeff Buckley): demasiado bueno para este mundo

buenaAños 90. Época del grunge y del britpop, batallas de autenticidad, desconcierto por el cambio de siglo, respuestas rabiosas a los estúpidos cardados de los 80. En este ambiente surgió uno de los artistas más fascinantes del siglo XX. Se trata del rockero que mejor ha sintetizado todo lo que se había hecho antes de él y que mejor lo proyectó en un estilo personal. Un personaje esencial para entender las raíces de todo el (buen) rock que hoy se hace. Él mismo se encargó de eliminar a sus posibles imitadores: era imposible componer como él, cantar como él y tocar como él. Solo podemos hablar de influencias en otros. Influencia en Matt Bellamy y, sobre todo, en Thom Yorke. Dice la leyenda que el cantante de Radiohead quedó tan impactado por un concierto de nuestro personaje, que al volver a casa compuso Fake plastic treesLa variedad de músicos que le han hecho homenajes habla de su calado en la música: PJ Harvey (Memphis), Rufus Wainwright (Memphis Skyline) o Chris Cornell (Wave goodbye), gente opuesta por definición.

Hablamos, claro de Jeff Buckley. En el apellido llevaba la mitad de la tradición americana: el folk. Su padre, Tim Buckley, fue uno de los autores más destacados del género desde mediados de los 60 hasta 1974, cuando grabó su último disco (Look at the fool), un año antes de morir. Jeff bebió en casa de multitud de fuentes de inspiración. Quizá sea este el mayor parecido que guarda con su padre, que bebía claramente del soul, del jazz y del funk. Dolphinssu versión de la canción de Fred Neil, es una muestra de que Tim Buckley no era el típico folkie que escupía palabras de forma monótona y sufría infartos al ver una guitarra eléctrica. Jeff mezcló en su música folk, country, soul, blues, rock sucio y hasta música paquistaní. De su paso por el estudio nos queda Graceun álbum fundamental publicado en 1994,  y varios EP´s que fueron reunidos en el póstumo Sketches for My Sweetheart the Drunk  (1997)Sus discos en directo son documentales para entender al artista y su época. Quizá el más popular sea Live  L’Olympiagrabado en su gira europea de 1995. Sin embargo, hay un directo anterior, grabado en el Sin-é: un bar de Nueva York en el que tocaban músicos prometedores. Buckley tocó allí el 17 de agosto de 1993, un año antes de la publicación de Grace.

El disco nos sumerge en la atmósfera neoyorquina y en un artista feliz. Prueba de ello son los monólogos que Buckley dispara entre canción y canción. Se atreve con The Doors, con el punk, con Miles Davis (brillante su scat)  y hasta con Nirvana; valiente al desdramatizar la cruzada grunge en el momento en que fue más creíble. El concierto debió ser un puñetazo en el estómago para los oyentes. Buckley termina sus monólogos y da rienda suelta a sus demonios, muestra músculo y hueso. Hasta que llega al alma. Y vuelta a empezar. Live at Sin-é es una montaña rusa. La ingente cantidad de artistas a los que el rockero de Anaheim versiona no son, en modo alguno, una propuesta grandilocuente; Buckley canta a Nina Simone, a Leonard Cohen, a Led Zeppelin, a Dylan, a Edith Piaf, a Van Morrison, a Ray Charles y a Nusrah Fateh Ali Khan. Y consigue que estos géneros, esta variedad de lamentos y alaridos, entren y salgan de su cuerpo. Consigue que suenen del mismo modo, siempre perturbadores.  También se pueden entender estas versiones como una muestra de honestidad, Buckley mostraba en el mismo nivel las canciones que le habían inspirado y las que salieron de su puño y letra. Una manera de decir: mirad de dónde parto y al lugar al que llego.

Las versiones que hace Buckley son inmensas. Una de las más brillantes es  Je n´en connais pas la fin, de Edith Piaf. Buckley consigue lo mismo que Johnny Cash en los discos que grabó a la vera de Rick Rubin: nos rompe en pedazos. Nos rompe en pedazos porque versiona canciones que el inconsciente colectivo asocia a artistas venerados, inmortales y -siempre- intocables. Y nos induce a pensar que, como dice Keith Richards, las canciones están ya inventadas, en el aire, y algunos tienen habilidad para materializarlas. Las versiones de Buckley jamás desmerecen a las originales. Su I shall be released es tan buena como la de The Band, que llenaron de color el boceto de Dylan. Strange fruit es de los momentos más emotivos de Live at Sin-é. Buckley llena 8 minutos con un par de vocales porque no necesita más. Su guitarra hace el resto. Celestial. Una guitarra, por cierto, tremendamente infravalorada, casi tanto como el Jimi Hendrix cantante. La versión de  Hallelujah es otra oda a la existencia. Fernando Navarro define en su libro Acordes rotos (2011)  el término vida como ese suspiro que Buckley suelta en la versión en estudio de Hallelujah. No puedo decirlo mejor. No las cambiaba porque sí; esos cambios, esos gritos que salían de sus entrañas estaban justificados. Eran adaptaciones a su época de canciones inmortales. La voz de Buckley era el reverso del grunge: a él tampoco le gustaba su época, pero ofreció un refugio para los desamparados en su garganta.

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Pero Buckley no era solo un gran cantante y un gran instrumentista. Era un poeta. Escuchamos Lover, you should´ve come over, GraceMojo pin, canciones que presenta como sueños. Canciones catárticas que mezclan la profundidad de Buckley con su nervio rockero. Su voz es una montaña rusa. Tan pronto aúlla como susurra. Ante todo, era un cantante de soul. Uno de los más grandes del siglo XX. Soul negrísimo. Buckley no se escondía su pena, la sacaba fuera, manchaba las paredes con ella, con pinceladas dignas de Leonardo da Vinci. También hay rabia en su música. El mejor ejemplo es Eternal lifeque presenta como una canción llena de rabia, que trata de la fugacidad de la vida, de la “gente detrás de escritorios y máscaras”. Es el Dylan de Highway 61 revisited 30 años más tarde. Rabia y crítica:

Racist everyman, what have you done?
Man, you’ve made a killer of your unborn son
crown my fear your king at the point of a gun
all I want to do is love everyone

Buckley se empeñaba en amar la vida, pero no le dejaban. El fantasma de Masters of war de Dylan recorre cada verso. Podríamos hablar de cada canción de Live at the Sin-é y de cada canción que cantara o escribiera Jeff Buckley. Reconozco mi crimen al haber destacado unas cuantas. El disco es uno de los mejores directos que se han grabado jamás. Es el lugar que ocupaba en la sociedad un joven que solo necesitaba una guitarra para hacer temblar cada pilar del mundo. Un joven que murió ahogado, al meterse en el  río Wolf por el subidón  que le provocó Whole lotta love de Led Zeppelin, sin recordar que no sabía nadar. Una gran metáfora para quien la música era la vida, las reglas de la vida las ponía la música, lo más poderoso que encontró en su paso por un planeta que, quizá, no le merecía.