Arenas Movedizas (M-Clan): la innovación está sobrevalorada

Si hay alguien que  merece el calificativo de mejor banda de rock en español actual es M-Clan. Su carrera ha tenido altibajos, pero Memorias de un espantapájaros (2008)  y Para no ver el final (2010)  se sitúan en lo más alto que ha hecho el rock and roll hispanohablante en el siglo XXI. Fiel a su ritmo de álbum cada dos años, la banda murciana entrega Arenas Movedizassu octavo LP. Si los dos trabajos anteriores supusieron una reivindicación de M-Clan como banda de rock and roll -lo que les permitió alejarse de los 40 Principales, a los que llegaron con Carolina– Arenas Movedizas  muestra a un combo contento de sonar como suena, a gusto consigo mismo, un grupo que se ha perdonado -y al que se le ha perdonado- su etapa más comercial. Este regocijo que se percibe al escuchar el disco puede confundirse con autocomplacencia, porque M-Clan repite en Arenas Movedizas la fórmula ganadora de sus dos anteriores trabajos. Pero no podemos hablar de conformismo cuando el disco suena tan bien, cuando las guitarras sureñas y la voz de Tarque siguen siendo tan efectivas. Porque con Carlos Tarque como cantante, ¿de verdad es un error no innovar?

El álbum no alcanza la destreza poética que mostró Tarque en Memorias de un espantapájaros  ni el negrísimo soul de Para no ver el finalArenas Movedizas podría pasar por una selección de caras-b de Para no ver el final, pero qué caras-b. Escucha mi voz, primer single, es una muestra de qué es M-Clan ahora mismo: una banda que une sus fuerzas para que el crooner Tarque se luzca. Y este cumple con creces. Pero sin los engranajes de Ricardo Ruipérez y Prisco a las guitarras rítmica y solista, respectivamente, sin el bajo de Iván González y la batería de Coki Giménez, la fórmula no funcionaría. El caso de Ruipérez es curioso: un guitarrista rítmico que siempre ha estado en un segundo plano, eclipsado por los brillantes solistas –Santiago Campillo y Carlos Raya– que ha tenido M-Clan, ha sabido reivindicar su papel desde que hace dos años, con Para no ver el final, la banda se presentase como Tarque y Ruipérez. Con su  figura espigada, una mezcla de dandi y asesino a sueldo, el guitarrista murciano es esencial en el sonido M-Clan. Es consciente de que no es Jimi Hendrix, pero no le hace falta, se ha convertido en un maestro y sus riffs emanan sangre.

En Escucha mi voz sale a flote el grado de experiencia que ha adquirido Tarque; la letra podría aventurar el cierre de una época: Puede que esta noche/ sea la última que canto a los demás/ Gracias por los aplausos/ por los destellos donde vi felicidad. Junto a este corte, los mejores momentos de Arenas Movedizas son el hard-rock arenoso de Noche de aullidos y medios-tiempos como Nadie se acordará de tí (el día que llegue el momento) y Solo el viento. Canciones oscuras, en las que destaca una lírica que mezcla desarraigo, necesidad de escapar, con el camino siempre entre ceja y ceja.  Arenas Movedizas es un álbum que no pesa, su escucha es muy sugerente. Dentro resuenan ecos de The Black Crowes, de Led Zeppelin, de The Faces y de Joe Cocker. Pero ha pasado el tiempo en el que M-Clan era una banda-homenaje al rock clásico. Este es el sonido M-Clan, el sonido que, con la bestia escénica que es Tarque, no necesita más de dos años para entregar trabajos que -como mínimo-rodean el notable alto. No han inventado nada, pero hacen mejor lo que ya está inventado.

Santini Rose